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Sobre el suicidio de Carlos Agüero por Pietro Salemme

Hace semanas que la noticia del suicidio de Carlos Agüero, un muchacho de 17 años que vivía en Chepes, un pueblo a 240 Km. de la capital de La Rioja hace que la angustia entre y salga de mi cuerpo como un puñal. Este suicidio que apareció escondido entre las “grandes noticias” habla de cada uno de nosotros. El hostigamiento que sufría Carlos por parte de sus pares homofóbicos sumado al silencio por partes de los adultos y de los directivos de la  escuela Normal Electrónica de Chepes ante dicha situación, lo llevaron a creer que nunca encontraría su lugar en ese mundo siniestro. El silencio siempre ha sido un asesino, y este país no deja de escupirnos cuerpos sin vida desde el silencio de los autoritarios, los necios, los ortodoxos, los rectos servidores de las buenas costumbres.

Hubo un momento donde mis sentimientos de angustia, indignación e impotencia se transformaron en culpa. Y pensé en mi mismo. Y recordé aquello de la teoría del kaos que dice que “El aleteo de las alas de una mariposa pueden provocar un Tsunami al otro lado del mundo" o "El simple aleteo de una mariposa puede cambiar el mundo". Y se me volvió a hacer presente ese fragmento de la Maquina Hamlet de Heiner Müller “En alguna parte están descuartizando cuerpos para que yo pueda sentarme sobre esta mierda. En alguna parte están descuartizando cuerpos para que pueda estar por fin solo con mi sangre”
Pensé en la cantidad de pequeñas cosas que uno puede hacer diariamente y no hace para que no sucedan estas tragedias absurdas. Y me pensé como un simple y pequeño integrante de una comunidad enorme. La globalización nos quiere individualistas y tecnologizados. Ya no tenemos conciencia de nuestros actos ni creemos que repercuten más allá de nuestras vidas.

No volvería a mis años de alumno de escuela ni por un instante. No volvería a mi niñez, aunque allí estén los brazos de mi madre. Ni a mi adolescencia, aunque allí estén los indicios de un primer amor. No volvería a ponerme en manos de docentes y maestros que nunca pusieron coto a las constantes agresiones verbales que recibía por ser diferente a la mayoría. Docentes y maestros cómplices de un sistema violento y totalitario. Y cómplices por comodidad, por cobardía, por indiferencia, por prejuicio y sobretodo, por perversión. No volvería a ponerme a la altura de mis pares, adolescentes reproductores de un modelo nunca se replantearon porque nunca llegaron siquiera a verlo. Y que hoy, casi veinte años después, me piden ser amigos en Facebook porque seguramente es “cool” tener un amigo puto.

Todos somos responsables de que un chico de 17 años se halla quitado la vida. Un chico que posiblemente ni siquiera haya sabido lo que es amar y ser amado. Me basta pensar eso para sentir una puntada en el pecho que tiene hasta aristas violentas. Porque la violencia siempre genera violencia. Y los gritos de sus compañeros insultándolos, son y seguirán siendo tan violentos como el silencio por el que optaron sus profesores.


Hoy que soy un hombre lleno de temores aun, pero muy seguro de lo que soy y de lo que deseo, pienso en todo lo vivido, aprendido y disfrutado después de aquellos años de adolescencia. Y pienso que podría habérmelo perdido. Porque la muerte por elección, siempre se presenta como salida de escape en situación como las que viví en aquellos años. Y siempre también es evitable. La palabra es liberadora. Y hablar me sacó de las sombras. Comenzar por amigos, seguir con una profesora en particular, luego la familia. A veces nada es como parece ser.

Hace casi un año, cuando se aprobó la Ley de Matrimonio Igualitario, me alegré por dos razones, una de ellas, porque pensé en que las generaciones venideras no tendrán que vivir el hostigamiento que la sociedad ofrece a las minorías. Hoy sigo alegrándome por lo mismo. Pero reconozco que el cambio social será muy lento. Porque lo que pasa en el Congreso y sus alrededores no pasa cruzando la General Paz, ni que hablar en La Rioja. Y no es que se trate de países diferentes, sucede en la misma tierra. En el mismo país donde te ofrecen un “crucero gay” al doble de lo que cuesta un “crucero”, un chico de 17 años, se cuelga de un árbol porque es continuamente vulnerado en su integridad.

En todos estos años he escuchado maricas que justificaban no ir a actos de activismo LGTTBI porque preferían no mezclarse con “esas cosas”. Esa actitud es asesina.
Amigos muy queridos me han cuestionado durante años como decirle a sus hijos que ese mi novio es justamente mi novio. Finalmente, nunca hicieron nada, y dejaron de ser queridos. Ellos también son responsables de que se sigan suicidando chicos por discriminación.
Cada uno tiene su responsabilidad en la muerte de Carlos. Empezar a ver nuestros actos, aun los mas mínimos, como verdaderos generadores de situaciones ajenas a nosotros, será quizá, el comienzo de otros tiempos. Por ahora, todo lo hecho, no alcanza.

Pietro Salemme
14 de mayo de 2011



por Pietro Salemme

-Era un adolescente cuando escuché el texto de Pat Parker (que copio debajo), citado por Ilse Fuskova en unas jornadas sobre Minorías Sexuales y Nuevos Sujetos realizadas en una de las sedes de la UBA que ya no recuerdo. De aquellos encuentros me quedaron los audios en cassettes que grabé y que hoy forman parte de la Biblioteca LGTTBI "Oscar Hermes Villordo":

"Cada vez que presenciamos la humillación de una persona queer en la calle y no dijimos nada, cometimos un acto perverso.
Cada vez que mentimos acerca de nuestra novia o novio en el trabajo, cometimos un acto perverso.
Cada vez que escuchamos “no me molestan los gay, pero por qué tienen que se tan agresivos” y no dijimos nada, cometimos un acto perverso.
Cada vez que permitimos que una madre lesbiana pierda custodia de su hijo, y no presionamos en los tribunales, cometimos un acto perverso.
Cada vez que nos vestimos para una boda en familia y dejamos a nuestra amante en casa, cometimos un acto perverso"
Pat Parker

-Sin lugar para los frágiles por Flor Manfort

-La marica martir
por Gastón Malgieri

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